Hice una referencia a Ramón Correa y su genial trabajo Imagen y Control Social. Esta entrada está dedicada enteramente a él, porque considero más que necesaria su difusión para ampliar el espectro de lo que somos capaces de ver, mirando.
Este libro es todo un despertar (para dummies) en el mundo de la imagen y cómo ella genera unas líneas generales de actuación en los seres humanos. Sobre el darse cuenta de que las imágenes se ofrecen previa selección; sobre el darse cuenta de quién puede estar detrás de esa selección y sobre cuán susceptibles somos de ser manipulados por esas imágenes preseleccionadas.
Hice una referencia a la emoción, y Correa la sitúa como centro neurálgico de nuestra influenciabilidad. Porque existen emociones universales, que producen acciones en gran medida previsibles, existe la imagen como uno de los agentes de control social más sutiles. Como se dijo en algún foro de la asignatura, la naturalidad y la sofisticación en el mecanismo visual hace que su verdadera función se invisibilice. Y el sistema poco a poco, se vuelva más eficaz y enraizado. Aumenta el peso de la emotividad en detrimento de la conciencia, como apunta Correa. Y como Gubern también señalaba en su conferencia que cité en la primera entrada “la imagen es selectiva, exhibe y esconde y a veces, lo que esconde es mucho más importante”.
Correa reduce la imagen como a una simple “transferencia emotiva”, que de simple tiene muy poco. Las representaciones visuales que nos llevan a emociones conocidas nos crean una respuesta conocida, hacia una aceptación, una -cada vez más difícil- indiferencia o a un rechazo. Y así uno a uno vamos siendo introducidos en grupos controlados e influenciados por aquel agente que generó esa imagen y nos la ofreció a la vista. Es cierto que el mensaje que transmite una imagen depende del que la mira, pero también es cierto que los mensajes, de tanto repetirse, se convierten en principios para ese espectador. Para nosotros, los espectadores. Cada vez es más difícil escapar a ellos, por lo tanto, hay que abrir más los ojos, relativizar, reflexionar, y sobre todo, conocer qué o quién está detrás de esa imagen antes de asumir lo que nos transmite.
Así pues, Correa nos propone una constante mirada crítica, esforzándonos en mirar la imagen completa, es decir, la representación visual en sí, el medio que la difunde, el momento en que se difunde, la relación de todo lo anterior con el mensaje superficial que transmite y tratar de construir otras historias a partir de los detalles, incluso volver al proceso hacia atrás, y redescubrir o crear nuevos mensajes. En definitiva, ir del micro al macro y del macro al micro.
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