El estereotipo es algo que todo el mundo asume, pero de lo que pocos tienen conciencia real del adoctrinamiento que supone. Según Robyn Quin, autor de Historias y Estereotipos, los estereotipos “son imágenes simplificadas construidas en base a unos pocos elementos sin un conocimiento profundo del tema”. Ya en sí, la definición se nos antoja restrictiva.
Lo que me ha llamado la atención de esa definición ha sido la palabra “construcción”. Es decir, son simplificaciones construidas, pero, ¿cuándo comienza esa construcción y cómo se llega a arraigarla tanto? Quin enfoca este punto desde el ojo selectivo del que mira, y cómo desecha lo que no ve (interesante lo que he leído sobre la diferencia de los términos “mirar” y “ver” en el trabajo de Correa, Imagen y Control Social). Así pues, entiendo que el bagaje cultural, ese uso más privado de la imagen, lo que constituye el patrimonio visual personal, fijo y cambiante a la vez, nos altera la visión. Entonces, como en las leyes de la percepción visual -figura/fondo, contraste y agrupamiento las más generales- nuestro procesamiento de la imagen casi responde a una estructura narrativa básica de planteamiento, nudo y desenlace. Se nos muestra un estímulo -visual en este caso-, desarrollamos una historia a partir de este estímulo y finalmente concluímos su procesado cerrándola o completándola de alguna forma.
¿De qué forma? y aquí viene para mí, la clave de la mayor parte de cuestiones existenciales: la emoción.
La emoción es el tamiz. La emoción es lo que hace que mires y no sólo veas. La emoción es personal y a la vez es transferible. Existen emociones definidas y que afectan a prácticamente la totalidad de seres humanos. No me atrevo a decir la totalidad porque no conozco persona por persona a toda la humanidad, pero si existen los estereotipos es porque hay emociones comunes en ella.
A título personal, soy del pensamiento de que la emoción parte del amor y que el amor tiene el poder de alterar cualquier tipo de regularidad, positiva o negativamente.
Y aquí tiene pertinencia la referencia a la palabra “monotipo” que he creído conveniente crear para designar un nivel más restrictivo aún que el dado por el estereotipo. A raíz de la conferencia de Chimamanda Ngozi sobre el poder de las historias como generadoras de estereotipos, (https://www.ted.com/talks/chimamanda_adichie_the_danger_of_a_single_story#t-582256) muy inspiradora, de la que destaco la frase “el problema de los estereotipos no es que sean falsos, es que son incompletos”, nace el término “monotipo”. Tomando la analogía con las palabras “mono” y “estéreo” en el vocabulario sonoro, en una unión de lo visual con lo auditivo -podemos relacionar directamente con la capacidad de ver una historia en una imagen o escuchar una sola versión o fragmento de una historia más extensa en las vías de transmisión narrativa fuera de la literatura-, “monotipo” designa esa limitación y capacidad de ver una pieza del puzzle y construir con ella la imagen resultante completa. Más sencillo, el estereotipo generaliza y el monotipo se fija en los pequeños criterios para generalizar.
Tenemos este nuevo prisma, una buena imagen mental sería -y viene al caso- la portada de Pink Floyd que acompaña a esta entrada, un rayo de luz que al atravesar un triángulo convierte el rayo en un arcoiris. A partir de ella podemos reflexionar desde el uso privado que hacemos de la imagen y cómo nos imbuimos en lo que vemos en ella, desde el rol de espectador.
Debemos fijarnos en los “monotipos” para discernir los estereotipos, y buscar el origen de cada semilla de connotación y limpiar desde debajo del sótano al tejado. Y poder conocer la construcción al completo. No hay que tomar un juicio de valor, quizás sea un error hacerlo constantemente, hay que identificarlo, conocerlo, considerarlo y discernir sobre su perpetuación o erradicación.
Y damos pie a la siguiente entrada: qué estamos viendo en ese mismo instante o quién ha seleccionado esa imagen en diferido para transmitirnos el qué, qué otras cosas nos transmite con menor fuerza y por qué. Suena denso, pero merece la pena mirar.

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